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En el momento en que Henrike exhaló el último suspiro, hace ahora poco más de un año, el cielo de Vitoria-Gasteiz comenzó a llorar. Y los negros nubarrones pronto cubrieron todos los pueblos y rincones de Álava: Ali / Ehari, el pueblo de su mujer; Kuartango, uno de los lugares donde, libreta en mano, había recopilado más vocabulario; Aramaio, sede de los cursos de verano que él mismo creó y dirigió en sus seis ediciones… Después, la tormenta de lágrimas se extendió al resto de su querida Vasconia: a Ataun, donde aprendió euskera con el Padre Barandiaran; a Gernika, donde fue maestro de euskera…

Se oyó el llantó en su Tarragona natal, y también en Getxo y en Alcoi, cunas de sus dos nietos, pasando por Ulm (Alemania), de donde había llegado el primer Knörr a la capital alavesa.

Las lágrimas llegaron a las bibliotecas de todo el mundo donde tantas horas había pasado, y a las diversas instituciones de las que formaba parte: la Fundación Sancho el Sabio, la Universidad del País Vasco, la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia, la Sociedad de Estudios Vascos / Eusko Ikaskuntza, la Sociedad Landazuri…

La Universidad de Nevada (Reno) se quedó esperando la última visita del filólogo, uno de los tantos proyectos que la muerte le impidió realizar, y aún resuenan los lamentos de los innumerables lugares donde pronunció alguna conferencia sobre el euskera y la cultura vasca: Chile, Argentina, República Checa… Sin ir más lejos, hace apenas tres años estuvo en Logroño, hablando sobre La lengua vasca en La Rioja.

Cuando Henrike se nos fue, el cielo vitoriano comenzó a llorar, sí; pero el sol sigue brillando, como lo hace cada uno de los números de Piedra de Rayo, revista que ocupaba –y aún ocupa– un lugar privilegiado entre las abarrotadas estanterías del profesor, recordándonos que Henrike no se fue para siempre; que su obra, su humanismo y su amor por la cultura han dejado una huella muy difícil de borrar.

Garikoitz Knörr de Santiago
Publicado en Piedra de Rayo (junio 2009)

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