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Recientemente se ha publicado el libro “Durana en Arrazua Ubarrundia”, de Teófilo Aguayo Campo, editado por el Conejo de Durana – Duranako Herri Batzarra. En él, el autor refleja la evolución de Durana, el patrimonio, el pasado y el presente…

En el apéndice se recoge, entre otra documentación, uno de los últimos artículos de investigación de Henrike, que había sido publicado anteriormente para la revista Euskera en 1986, y que tradujo para su inclusión en este interesante trabajo.

Transcribimos el texto tal y como se recoge en el libro.

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Artículo “Baratziart, Duranako semea” [“Baratciart, hijo de Durana”], de HENRIKE KNÖRR. In memoriam.

El presente artículo fue remitido por Henrike Knörr el 14 de abril de 2008, quince días antes de su muerte, acaecida el 30 de abril, a los 61 años. Catedrático de la Universidad del País Vasco, académico de Euskaltzaindia, dedicado a la investigación filológica y a la vida académica, defensor del patrimonio cultural en el más amplio sentido del término, desde los más variados ámbitos y foros, no perdió contacto con el pueblo, de quien procuró aprender y, al mismo tiempo, trasmitirle conocimientos e ilusión. Ha dejado una importante producción literaria. Un pequeño ejemplo de todo ello es el siguiente artículo, que insertamos tal y como nos lo envió por correo electrónico.

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IN MEMORIAM.

Sirva como testimonio de homenaje estas palabras recogidas en “Cartas al Director” (El Correo, domingo, 4 de mayo de 2008), entre otras tantas semblanzas póstumas en los medios de comunicación y otros actos.

Un sabio en zapatillas.

Quizá uno de los últimos trabajos escritos que el amigo Henrike, usando el cariñoso y sentido saludo que él empleaba, haya escrito sea: “Baratziart, Duranako semea” [“Baratziart, hijo de Durana”]. Me lo envió por correo electrónico el 14 de abril, por tanto, 15 días antes de su muerte, ya por él mismo sabida como inminente. Un amigo común, suyo muy amigo y, además, colaborador en el estudio de la Toponimia alavesa le fue a visitar en ese día. En el encuentro, al parecer más como evasión en esos momentos ya críticos, el amigo común sacó en conversación un topónimo que a mí me interesaba para un pequeño trabajo.

Ello le hizo recordar la promesa de remitirme, traducido, un artículo suyo sobre Baratziart, clérigo y literato en euskera, muerto en Iparralde en 1828, donde se había publicado. Dicho clérigo aparecía citado en uno de sus trabajos sobre el euskera en Álava, y a mí me interesaba mayor información en razón de su nacimiento. No solo me envió por correo electrónico el trabajo traducido, sino, además, una documentación exégesis sobre el topónimo en cuestión. Era la forma de encarar la muerte el amigo Henrike: seguir como siempre en el servicio a la persona, aunque ésta no tuviera ninguna relevancia especial, como la mía, y aunque su trabajo, aun en esos momentos tan íntimos, tuviera un destino limitado.

Siento haber descendido a estas “pequeñeces” sobre su obra, pero son las que tengo, y para mí, y sin duda para tantos, constituyen la expresión de la grandeza y señorío de Henrike, no ya solo por sus títulos y trabajos académicos, sino por ser el “hombre sabio en zapatillas”, como así también se le definió en su funeral del pasado viernes, capaz de andar en la vida con tanta humanidad. Recuerdo que en el breve agraecimiento, al que me sentí obligado a hacerle por teléfono, y que aún aprovechó para hacerme alguna indicación con su voz ya débil, me despedí con un breve: “Estamos contigo, Henrike”. Hoy puedo decir que, más bien: “Seguirás estando con nosotros, Henrike”. Y lo estará no ya solo por su ciencia, sino especialmente por su ejemplo de vida “en zapatillas” como así pudimos conocerle.

Teófilo Aguayo.

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